Esta reflexión surgió mientras preparaba una de mis clases de Representación arquitectónica. Al ordenar los temas que quería compartir con mis estudiantes apareció una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué significa realmente aprender a representar?

La respuesta inmediata podría ser aprender a dibujar. Conocer las herramientas, dominar las convenciones, entender las escalas, utilizar correctamente los diferentes tipos de línea y, eventualmente, conseguir que aquello que imaginamos pueda trasladarse con precisión al papel o a una pantalla.
Sin embargo, mientras preparaba la clase pensé que quizá estamos comenzando un poco tarde… Antes de aprender a dibujar, habría que aprender a mirar.
Mirar no es solamente dirigir la vista hacia un objeto. Todos podemos entrar a una habitación y reconocer una puerta, una ventana, una mesa o un muro. Otra cosa es detenernos a descubrir cómo se relacionan entre ellos, qué proporciones existen, qué elemento domina el espacio, por dónde circulamos, dónde aparece el equilibrio o qué información resulta verdaderamente necesaria para que otra persona pueda comprender lo que nosotros estamos viendo; entonces, ahí comienza una parte importante de la representación.
Representar no consiste en copiar la realidad. Si así fuera, probablemente bastaría con tomar una fotografía. Representar implica hacer algo bastante más complejo: seleccionar, abstraer y, subiendo en el grado de complejidad, sintetizar.
Cada línea que aparece en un dibujo supone una decisión. Algunas líneas delimitan, otras explican, otras sirven como referencia. Unas deben destacar y otras casi desaparecer. Incluso aquello que decidimos no dibujar forma parte de la representación. Esto resulta especialmente importante cuando comenzamos nuestra formación profesional (en las ingenierías, pero también en muchas más ramas del conocimiento), porque existe cierta seguridad en pensar que mientras más información incluyamos, mejor será nuestro trabajo. Más líneas, más detalles, más datos, más elementos y, no es así necesariamente.
Hay una idea que utilizamos durante la clase y que vale la pena llevar más allá del dibujo: cuando todo pesa igual, nada es principal.
Una representación saturada puede ser técnicamente correcta y, al mismo tiempo, difícil de entender. Podemos colocar toda la información disponible sobre una lámina y aun así no comunicar correctamente una idea. La precisión es necesaria, por supuesto, pero no siempre es suficiente. En otras palabras, para comunicar también necesitamos jerarquía.
Necesitamos decidir qué debe mirar primero quien está frente a nuestro trabajo, qué necesita descubrir después y qué información puede permanecer en un segundo plano. Esto obliga a pensar en alguien que muchas veces olvidamos mientras dibujamos: el otro, el que es receptor de la información.
Un plano no se realiza solamente para quien lo dibuja (sí, así de obvio). Alguien tendrá que leerlo, interpretarlo y eventualmente tomar decisiones a partir de él. Puede ser otro arquitecto, un ingeniero, un constructor, un abogado que tramité licencias, un cliente o una persona que simplemente necesita comprender el espacio. Cada uno llega al dibujo con conocimientos, intereses y preguntas diferentes. Es por esto que, representar también es un ejercicio de comunicación.
Y quizá aquí encontramos una de las lecciones más interesantes de la representación arquitectónica: una idea que únicamente entendemos nosotros todavía no está completamente comunicada.
Aprender a representar exige entonces cambiar de posición. Ya no basta con preguntarnos ¿entiendo lo que dibujé? También debemos preguntarnos ¿podrá entenderlo alguien más? La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la manera de trabajar.
Cuando hacemos esa segunda pregunta comenzamos a cuidar la jerarquía, el grosor de las líneas, las proporciones, los símbolos, el orden y la relación entre las diferentes partes de una representación. Dejamos de utilizar estos recursos solamente porque “así se dibuja” y empezamos a comprender para qué existen. Las convenciones, entonces, dejan de sentirse como restricciones. Se convierten en acuerdos.
Una línea tiene determinado significado porque hemos construido un lenguaje común alrededor de ella. Un símbolo permite comunicar mucho utilizando muy poco (son mudos, pero hablan). Una escala establece una relación comprensible. Una planta, una vista o un volumen muestran aspectos distintos de una misma realidad.
El reto consiste en lograr que todas esas representaciones conversen entre sí y, esto no es exclusivo de la arquitectura o la ingeniería.
Con el tiempo descubrimos que una parte importante de la vida profesional consiste precisamente en representar ideas. Lo hacemos cuando presentamos un proyecto, cuando explicamos un problema, cuando escribimos un correo, cuando elaboramos un reporte o cuando intentamos convencer a alguien de que existe una mejor manera de hacer las cosas. En todos esos casos enfrentamos una decisión parecida: qué mostrar, qué omitir y qué destacar.
Tal vez por eso aprender a sintetizar resulta tan difícil (en la taxonomía de Bloom, “sintetizar” se ubica en un nivel cognitivo alto). Para reducir algo sin perder su sentido primero necesitamos comprenderlo. Eliminar información al azar es sencillo; reconocer qué información es indispensable requiere criterio y, el criterio no aparece de un día para otro; se construye observando, comparando, equivocándonos, corrigiendo y volviendo a mirar.
Mientras terminaba de preparar aquella clase de Representación Arquitectónica, me quedó claro que el propósito no podía limitarse a explicar cómo se construye correctamente un dibujo. Si al terminar un curso un estudiante solo dibuja mejor, seguramente habrá aprendido algo importante. Pero si además comienza a mirar de otra manera, entonces habrá ocurrido algo mucho más interesante.
Si al entrar a un espacio se reconocen relaciones que antes pasaban inadvertidas, si se distingue estructura dentro de aquello que parecía desordenado, si se entiende por qué ciertos elementos atraen primero la atención o, si se puede separar lo principal de lo secundario, todo antes de trazar una línea, entonces se ha logrado que se cuestione qué se quiere comunicar con dicha Representación Arquitectónica.
Cierto es que la mano puede aprender técnicas y los programas pueden ofrecer herramientas cada vez más sofisticadas, incluso aparecerán nuevas tecnologías capaces de producir imágenes extraordinarias en pocos segundos, pero, seguirá existiendo una pregunta anterior a todas ellas: ¿qué queremos comunicar? Responderla exige observar, interpretar y decidir.
Tal vez por eso representar arquitectura comienza mucho antes del primer trazo; comienza cuando dejamos de conformarnos con ver y empezamos, conscientemente a mirar.
Los veo en clase.
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